Glu Glu Glu
jueves, 30 de agosto de 2007
Lo veía hablar y hablar, moviendo las manos con sus expresiones, el ceño fruncido sobre ojos que se concentraban en la vereda. De vez en cuando alzaba sus cejas, expandía la mirada y suspiraba en medio de la frustración. Ella miraba su oreja; se perdía en las curvas suaves y estáticas, en el pequeño lunar posado en el lóbulo derecho, en la piel rosada y brillante que conducía al tímpano. Un tímpano claramente sordo a la tortura de escuchar redundancias propias.
Pero él seguía, ensimismado en su situación, perdido en las coincidencias de la vida que lo acercaban a ella, a la otra, a la interesante, a la de allá, a la que logró escaparse. Coincidencias que ella, la que estaba ahí, la de acá, la común, había visto ser sutilmente planeadas por semanas, y que ahora eran libradas al destino, como si éste siempre tuviera la culpa.
- ¿Te das cuenta?
- Sí. Yo qué sé.
Y él seguía. Se preguntó si alguna vez pararía de hablar, de expresar pensamientos impulsivos que daban vueltas y vueltas, como las curvas en un oreja. Veía a sus labios moverse como si buscaran aire, bocanadas que exigían explicaciones, como un pescado impertinente sobre el muelle, molesto por haber sido cinchado de las aguas cómodas. Cómo uso comas cuando pienso, pensó.
Por fin llegó un silencio. Ella miró sus manos, sobre su falda. Se miró las uñas, frunció el ceño y alzó la vista, hacia los ojos del otro, buscando algún contacto que demostrara su importancia en la conversación. Si me paro y me voy... ¿se dará cuenta? Mordió su labio inferior y cruzó las piernas, acomodándose sobre la silla.
- Quiero tener una aventura.
Pensó que el silencio prolongado le pertenecía. Él la miró, movió sus pupilas hacia el extremo superior de sus ojos y, fijando la vista en algún infinito aéreo, siguió y siguió en lo que pronto se convirtió en una nueva fiesta de movimientos, bocanadas y estupor.
Pero él seguía, ensimismado en su situación, perdido en las coincidencias de la vida que lo acercaban a ella, a la otra, a la interesante, a la de allá, a la que logró escaparse. Coincidencias que ella, la que estaba ahí, la de acá, la común, había visto ser sutilmente planeadas por semanas, y que ahora eran libradas al destino, como si éste siempre tuviera la culpa.
- ¿Te das cuenta?
- Sí. Yo qué sé.
Y él seguía. Se preguntó si alguna vez pararía de hablar, de expresar pensamientos impulsivos que daban vueltas y vueltas, como las curvas en un oreja. Veía a sus labios moverse como si buscaran aire, bocanadas que exigían explicaciones, como un pescado impertinente sobre el muelle, molesto por haber sido cinchado de las aguas cómodas. Cómo uso comas cuando pienso, pensó.
Por fin llegó un silencio. Ella miró sus manos, sobre su falda. Se miró las uñas, frunció el ceño y alzó la vista, hacia los ojos del otro, buscando algún contacto que demostrara su importancia en la conversación. Si me paro y me voy... ¿se dará cuenta? Mordió su labio inferior y cruzó las piernas, acomodándose sobre la silla.
- Quiero tener una aventura.
Pensó que el silencio prolongado le pertenecía. Él la miró, movió sus pupilas hacia el extremo superior de sus ojos y, fijando la vista en algún infinito aéreo, siguió y siguió en lo que pronto se convirtió en una nueva fiesta de movimientos, bocanadas y estupor.


Pero ta, no me lo hagas mas, no me dejes con la historia colgada :P