Disparidad
martes, 4 de septiembre de 2007
Mientras volvía por la Rambla, pensaba en números pares y en números impares. De chica, siempre tuvo más simpatía por los números pares. El que más le gustaba – por lejos – era el dos. Que hayan dos de algo siempre tenía sentido. Uno sólo era poco, tres demasiado. El dos siempre fue redondo.
No tuvo que comprar su almuerzo. Antes de siquiera salir de su casa, alguien le aviso que le llevaba comida; y a la hora de recibirla, se sintió como una nena en la escuela, contenta porque un compañerito le había dado la porción con más queso del roñoso sándwich que momentos antes había partido en dos.
Lamentablemente, sus años de primaria nunca tuvieron protagonistas que sacrificaran su almuerzo. Tampoco existieron personajes principales que llevaran el doble de arroz para poder compartirlo con ella. El comedor se convirtió en una minúscula cocina fría, el uniforme en lo que intentaba hacer pasar como lo primero que había encontrado para ponerse ese día y el protagonista en alguien que prestaba demasiada atención a sus raras costumbres alimenticias... el anécdota tardó más de diez años en llegar, pero llegó.
Una sorpresa que roba una sonrisa es un momento. Otra sorpresa más, diferente a la anterior, es un buen día. A la tercera sorpresa, la paranoia entra a buscar pesimismos sobre pérdidas y mala suerte. Pero algo debía decirse de los números impares; ninguno necesitaba de otro para ser considerado como tal. Es decir, los números pares siempre necesitaron ser divisibles entre dos. Sus opuestos, los impares, no necesitan de otro número para ser como tales. Serán la resaca de la escala numérica, pero ningún dos le va a decir a un número impar qué tiene que hacer o cómo debe ser.
Al menos que se quiera que salten. Intentó ilustrar en su mente el salto de un número impar, largo y lento como aquellos segundos antes de caer. Pensó que sería como estrellarse contra una plancha de asfalto quemado, sabiendo qué es lo que finalmente frenará a uno, pero sin voluntad de parar.
Lo miró y vio que estaba sólo. Vio que aún continuaba esa incertidumbre, esa inevitable confusión ante la soledad y pudo contemplar otro salto más, un salto largo y lento y por inercia, sin la adrenalina de saber que lo peor va a pasar. Se imaginó una cadena de números, todos armados según su tipo, tal como cuando se lo enseñaron. Se imaginó una rayita desierta rodeada de dos rayitas juntitas. Raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita... Las rayas solas y las rayitas comunicadas. No tiene nada de malo ser raya, pensó al doblar. Entonces, ¿por qué me gustan los números pares?
Mientras el otro seguía creciendo, trabajando hacia su estatus de rayita convertida en raya, ella encontraba que no siempre las mismas personas ofrecían las mismas quejas. No siempre las mismas quejas ofrecían las mismas situaciones. Y no siempre las mismas situaciones ofrecían el vislumbro de una solución.
Él había dicho: voy a poner un aviso en el diario.
Él había dicho: hombre, 24, se siente sólo y busca alguien que lo cuide.
Ella luego dijo: awww.
El comentario dejó que la ternura borrara cualquier vaga identificación con la soledad que se podría haber trazado con el simple pesar de aquellos números impares. Y pensó que tal vez los números impares no están tan separados, tan ensimismados en ellos mismos. Quizás los números impares se encontraban más a menudo, pero se ignoraban en cuanto un glamoroso número par pasaba por la puerta. Y es que el número par solamente recordaba al impar de que éste, sin importar cuántos números iguales a él tuviera a su alrededor, no era divisible por dos.
No tuvo que comprar su almuerzo. Antes de siquiera salir de su casa, alguien le aviso que le llevaba comida; y a la hora de recibirla, se sintió como una nena en la escuela, contenta porque un compañerito le había dado la porción con más queso del roñoso sándwich que momentos antes había partido en dos.
Lamentablemente, sus años de primaria nunca tuvieron protagonistas que sacrificaran su almuerzo. Tampoco existieron personajes principales que llevaran el doble de arroz para poder compartirlo con ella. El comedor se convirtió en una minúscula cocina fría, el uniforme en lo que intentaba hacer pasar como lo primero que había encontrado para ponerse ese día y el protagonista en alguien que prestaba demasiada atención a sus raras costumbres alimenticias... el anécdota tardó más de diez años en llegar, pero llegó.
Una sorpresa que roba una sonrisa es un momento. Otra sorpresa más, diferente a la anterior, es un buen día. A la tercera sorpresa, la paranoia entra a buscar pesimismos sobre pérdidas y mala suerte. Pero algo debía decirse de los números impares; ninguno necesitaba de otro para ser considerado como tal. Es decir, los números pares siempre necesitaron ser divisibles entre dos. Sus opuestos, los impares, no necesitan de otro número para ser como tales. Serán la resaca de la escala numérica, pero ningún dos le va a decir a un número impar qué tiene que hacer o cómo debe ser.
Al menos que se quiera que salten. Intentó ilustrar en su mente el salto de un número impar, largo y lento como aquellos segundos antes de caer. Pensó que sería como estrellarse contra una plancha de asfalto quemado, sabiendo qué es lo que finalmente frenará a uno, pero sin voluntad de parar.
Lo miró y vio que estaba sólo. Vio que aún continuaba esa incertidumbre, esa inevitable confusión ante la soledad y pudo contemplar otro salto más, un salto largo y lento y por inercia, sin la adrenalina de saber que lo peor va a pasar. Se imaginó una cadena de números, todos armados según su tipo, tal como cuando se lo enseñaron. Se imaginó una rayita desierta rodeada de dos rayitas juntitas. Raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita... Las rayas solas y las rayitas comunicadas. No tiene nada de malo ser raya, pensó al doblar. Entonces, ¿por qué me gustan los números pares?
Mientras el otro seguía creciendo, trabajando hacia su estatus de rayita convertida en raya, ella encontraba que no siempre las mismas personas ofrecían las mismas quejas. No siempre las mismas quejas ofrecían las mismas situaciones. Y no siempre las mismas situaciones ofrecían el vislumbro de una solución.
Él había dicho: voy a poner un aviso en el diario.
Él había dicho: hombre, 24, se siente sólo y busca alguien que lo cuide.
Ella luego dijo: awww.
El comentario dejó que la ternura borrara cualquier vaga identificación con la soledad que se podría haber trazado con el simple pesar de aquellos números impares. Y pensó que tal vez los números impares no están tan separados, tan ensimismados en ellos mismos. Quizás los números impares se encontraban más a menudo, pero se ignoraban en cuanto un glamoroso número par pasaba por la puerta. Y es que el número par solamente recordaba al impar de que éste, sin importar cuántos números iguales a él tuviera a su alrededor, no era divisible por dos.
Divagado por Chloë a las 22:45, |
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