Riéndose de nada

sábado, 22 de diciembre de 2007
Nos pasamos mil noches jugando con acordes de guitarras, inventando canciones infantiles y formas de llevarnos bien. En ese entonces, siempre sabía lo que iba a hacer los fines de semana; la casa de Martín estaba siempre abierta a nuestro muy unido grupito bipolar, ya sea para shots de tequila o perdernos en sillones remolones. Salíamos si nos inquietábamos; nos quedábamos ahí si el sueño ganaba.

Supongo que era la única forma en que Gabriel y yo fluíamos con los demás, siguiéndolos pero siempre dentro de nuestra propia burbuja de diversión. No hay otra forma que describa el vacío que creábamos, grande como para que los dos entráramos en él, rodeados de enormes paredes enjabonadas con cosquillas. Éstas eran lo suficientemente transparentes para que los demás nos vieran y creyeran que estábamos allí con ellos – la verdad es que nos centrábamos en nuestras propias risas toda la noche.

Estábamos ahí una vez más, tocando la guitarra y gritando letras borrosas al aire, ignorando que el resto había preferido trasladarse a una cocina llena de comida antes de seguir bajo el frío cielo nocturno. Prendí un cigarrillo y me reí de nada. Antes, con él, hasta las no entidades estaban rociadas de hilaridad.

"Bueno… ¿cuándo te diste cuenta que existía?". Gabriel se había aventurado hacia la tierra de la sinceridad, nadando a través de risas y contestaciones semi-ingeniosas.

Hubo una época en que podía jugar bien al pool. Él estaba en la mesa de al lado la noche en que nos conocimos, con un sombrero de cowboy. ¡Un sombrero de cowboy! Fue un encaprichamiento con lo inusual a primera vista. Tres cervezas y decenas de calladas sonrisas satisfechas más tarde, tenía puesto el sombrero mientras él me enseñaba a jugar mejor. Me dijo que esa noche sólo se había divertido. Jugó con la botella de cerveza en sus manos y comenzó a despegar la etiqueta, levantando la mirada para sonreírme.

"¿Te acordás del cumpleaños de Martín?".

Claro que me acordaba. Dos semanas después de nuestro encuentro alrededor de la mesa de pool, yo iba al cumpleaños de un total desconocido, lleno de caras alcoholizadas que no conocía y whisky barato. Gabriel nos abrió la puerta y nos dejó pasar. En mis manos habían dos globos verdes y una Cajita Feliz de McDonalds que encerraba varios juguetes triviales robados de alguna caja de mudanza tirada en mi casa. Uno de ellos era una pequeña figura de plástico parecida a un perro, una replica miniaturizada del de Martín, excepto por los pedacitos de pintura que le faltaban.

"Ah, sí. Le encantó el ovejero alemán," reí. Y le había gustado. Aún decoraba su cuarto en el segundo piso.

"Eso fue para mí".

"Deben haber pensado que era una idiota," murmuré casi en serio. Pero igual caminó hacia mí y me abrazó, besándome la frente. Suavemente empujó mi pelo hacia atrás, dejando que cayera por mi espalda.

Su sonrisa creció: "si hay solamente dos formas de ser feliz, entonces vas por buen camino".

"¿Haciéndome la idiota?".

"Es mejor que serlo," rió.

Pagó mi boleto del ómnibus esa noche. Nos tomamos el 104 hasta Arocena y caminamos la distancia que quedaba hasta mi casa, parando de vez en cuando para abrazarnos o simplemente estar. Evitábamos besarnos, como si ya supiéramos que nos dirigíamos por un camino que llevaba a corbatas feas y ataques de pánico en cantinas.

Una vez que llegamos a mi casa, se sentó en el cordón de la vereda y lo seguí. Puso su brazo alrededor de mi cintura y, en silencio, apoyó su cabeza contra la mía.

"Tus ojos tienen como chispitas," fue todo lo que dije.

"Creo que sólo me querés por lo que es raro en mí," fue todo lo que respondió.

Y nos volvimos a ahogar en el silencio, sintiéndonos bien a pesar de la evidente verdad.
 
Divagado por Chloë a las 6:20, |

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