Cincuenta y dos

jueves, 13 de diciembre de 2007
Cinco y cincuenta y dos a.m. Lo supo porque se dio vuelta y tomó el celular sobre la mesita, al lado de la cama. Apretó cualquier tecla y cerró los ojos, evitando el estallido de luz invasora. Eran las cinco y cincuenta y dos a.m. de un miércoles de diciembre y ella se había despertado pesando en que necesitaba yogur del supermercado, de ese con un colchón de frutas al fondo y la mitad de calorías en la letra chica de atrás.

Era el quinto día de los cincuenta y dos. El primero fue una grata sorpresa con falta de sueño profundo, el cual la había encontrado preocupada por aquello que no podía controlar. Era un cinco, también. De manera casi inocente, se había puesto el acolchado sobre la cabeza y había cerrado los ojos, en un dulce y fútil intento de volver a las pesadillas que solamente existían en su mente. Dulce y fútil, le duró media hora.

Ese miércoles, sucumbiendo a lo que ya sabía que iba a pasar, se levantó. Fue al baño. Tiró la cadena. Se dirigió a la cocina y abrió la heladera. No había por qué ignorar lo que sabía por experiencia en partida quíntuple y mantener esa fachada convencida de que no iba a comer nada. Es más, ¿por qué ignorar de que no importa lo temprano que fuera, su cabeza iba a enfilar directamente a ese resto de papa al plomo del domingo? El yogur puede esperar. En el mejor de los casos, tal vez le cayera mal. Ojalá le cayera mal.

El segundo día le concedió una hora más de sueño. Los números sobre el fondo animado rojo indicaban que eran las seis y cincuenta y dos. Sin embargo, aún se sorprendió ante la tenacidad y coincidencia del cincuenta y dos. No importaba su clásico noctambulismo. Eran las seis y cincuenta y dos y el destino la había despertado. Quién sabe para qué. Posiblemente para tener frío a media tarde y acostarse, prometiéndose que sólo serían diez minutos. Uno sabe que no quiere estar despierto el día en que se cree sus propias mentiras.

Nunca supo cual era su día de la semana preferido. Parecía algo tan trivial, tan dependiente de lo obvio y banal. Sin embargo, ¿cómo elige uno su día favorito? ¿En base a qué? Todos los días eran diferentes. No, todos los días eran iguales. A las dos horas del cincuenta y dos de ese miércoles, le comenzó a doler el estómago.

Los cincuenta y dos le daban tiempo para mirar sin rumbo a aquellas esquinas superiores de los dormitorios de su cautiverio. Recorría los frisos tenuemente iluminados por una pantalla negra. Sabía que si apagaba la computadora, si apagaba la música, dormiría mejor. Pero no lo hacía. Quería despertar con música, porque así despertaría feliz. Una más de las pequeñas falacias que construían su seudo-filosofía cotidiana.

El domingo había sido otro seis. Le había venido bien; fue la primera en leer los clasificados. Mandó tres currículums – agregado de aspiraciones salariales mediante – a tres lugares diferentes. Se imaginó cómo cambiaría su vida bajo el régimen de un nuevo pasatiempo, un nuevo juego donde la gente actuaba a que le importaba lo que hacía. La gente feliz no sólo se despierta con música, sino que ama su trabajo. Ante la falta de un trabajo así, la gente entonces aprendía a amarlo. Nuevas mentiras propias para ser creídas. Y ella no era tan única.

Le había gustado ser irracional, había sido una linda existencia. Ese domingo, mientras miraba el respaldo de un silloncito de mimbre que adornaba su escritorio, lo pensó detenidamente. Al fin de cuentas, ser deliberadamente irracional era un hermoso despropósito.

Siempre odió los despertares. Por suerte, la falta de trabajo le permitía dormir cuando quisiera. Si el estar despierto se tornaba levemente insoportable, amargamente quieto o repentinamente frío, se acostaba. Diez minutos y nada más. Diez minutos que se convertían en quince, en veinte, en siestas de cuatro horas y media. Más de lo que dormía desde los cincuenta y dos. Menos de lo que dormía cuando trabajaba. Por allá se escapaba, hacia sueños que luego no recordaba. Porque no era cuestión de soñar, eso lo podía hacer despierta. Era cuestión de escapar.

No era otra mentira, era su gran verdad. No le encontraba nada de malo al escapar. Una vez, entre las cuatro y cinco de la mañana de un mayo que la encontró enamorada, escribió un poema. Su métrica era irracional. No rimaba. No tenía versos compactos. Era un despropósito de poema, un intento pretencioso de unir tortelines y anécdotas en su disgusto por la prosa. Una excusa para escribir ‘perderme en galaxias, galaxias en ciegos hemisferios’. Una justificación mediocre de sus interminables vías de escape.

El lunes fue un cinco. El martes la dejó dormir hasta las tres de la tarde. Pensó que se habían terminado los cincuenta y dos y, en un intento naïf por comprender, pensó que eso pondría fin a su poder de sobre-análisis. El miércoles fue un cinco y cincuenta y dos a.m.

A las siete y cincuenta y dos, decidió ponerle un fin a la falta de control. Se acostó. Cerró los ojos. Respiró lentamente, emulando los suspiros del profundo dormir. Se convenció de su propia comodidad, de la falta de importancia en yogures, calorías, ejercicio y sol. Pensó en paredes que se rompían, en ventanas que se abrían, aviones que despegaban hacia aquellos ciegos hemisferios que tanto le gustaban.

Así lo revivió, en los confines de la estática de su mente. El despertar sin saber donde se está, intentando descifrar lo ocurrido entre ojos entreabiertos y susurros remolones. El sentir el peso de un brazo alrededor de su cintura, el movimiento suave de una nariz contra su cuello. El despertar con una sonrisa lagañosa a milímetros de distancia. Los cimientos de una pequeña obsesión inconsciente, la verdadera razón detrás de una búsqueda sin resultados. El olor a música.

Se tuvo que levantar. Se tuvo que hacer un café. Tuvo que admitirse la verdad entre sorbos molestos, tuvo que reconocer su irracionalidad, perdida en aquel momento lejano, aquel nano-momento antes del inexplicable pánico que la llevó a escapar.
 
Divagado por Chloë a las 2:44, |

1 Comentarios:

Wowww...
Entre lineas leo una imperiosa necesidad de gritar tal cual Mafalda "paren el mundo que me quiero bajar".
Creo que todos en algún momento u otro pasamos por esa sensación de estar siendo perseguidos por un "cincuenta y dos" o lo que sea...
Me encanto la expresión de "El olor a música"... simplemente grandiosa ;)
Gracias por haber vuelto a los divagues... se te extrañaba :-)