lunes 16 de junio de 2008
Estaba sentada en el piso afuera del baño, ojeando a la tele hacia su izquierda. La puerta entreabierta la dejaba escuchar al agua de la ducha que caía a sus espaldas. Se paró y se miró en el espejo."Sabías que me encantás, ¿no?" Su voz retumbó desde el baño, entre gotas y murmullos de canción.Ella le sonreío a su reflejo, segura de que él no la podía ver."¿Ah sí?" le preguntó. Se acomodó el cerquillo y la remera. Tomó la botellita de Coca Light del suelo y la reposó sobre la mesa de luz."Sí. Me gusta todo de vos. Me encantás."Él le había pedido que se quedara cerca, así podía seguir hablando con ella desde la ducha. El intento deliberado de cotidianeidad forzada la enterneció lo suficiente como para acceder a abandonar el sillón del estar y caminar hacia el dormitorio, botella de Coca Light en mano. "Mirá." Volvió a sonreírle a su reflejo. Esta vez, él corrió la cortina de plástico y pudo captar los últimos nanosegundos de su sonrisa."Veo."Ella lo miró y levantó una ceja. Se volvió a sentar de espaldas a él y escuchó cómo la cortina se volvía a correr. Compartieron un silencio fortuito, resquebrajado por el agua que caía contra la cerámica de la bañera y las voces lejanas del televisor. De vez en cuando, el viento soplaba contra las ventanas que daban al mar."Me siento tan malcriado.""Yo también," le respondió ella. "Voy a pedir más Coca Light."
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sábado 9 de febrero de 2008
Te preguntaría si sos feliz, así, inmersa en un charco de momentos de insomnio. Escribís lo que sentís, en un dulce intento de despojarte de aquella sopa de letras mental. No estoy segura de que tu intento sea iluso. Admiro tu paciencia, tu obsesión con darle corporeidad a tus sinapsis; te imaginás letras, palabras, oraciones y ocasiones. Te los imaginás borrachos en un borroso espiral que bordea tu cerebro, frenéticamente intentando evadir a la estática circunstancial que los devolvería al nefasto mundo de lo inexplicable y confuso. Sé que muchas veces no sabés por qué llorás. Tu racionalidad te hace ciega a la frustración de no poder deslindarte de lo que sentís, de las sensaciones y los reflejos mentales que tanto te gustan. Te hacen sentir viva, humana, normal. Te involucran contigo misma pero te hacen padecer de la llamada vulnerabilidad. Así, una a una, caen las lágrimas del no poder hasta que finalmente se entrecruzan sobre los labios, creando un caudal de vergüenza silenciosa y escondiendo tu frialdad. Es agua para adornar aquellos párrafos, agua que tiñe a la tinta azul en nubes permeables: circulitos de evidencia, gotas de decadencia. Y, encima, te das el lujo de rimar. ¿Quién te mandó a escribir? ¿Quién tuvo la maravillosa idea de tenerte aquí, sentada sobre una mesa, mirando al gris jardín que te invitaba por la ventana? Quizás el decepcionante verano te está entregando ese sentimiento de abandono al cual tanto temés. Te regalás divagues entre llovizna y llovizna, creando escenarios a hora y media de distancia sumergidos en los vasos encandilantes de la normalidad. Aquella meta a kilómetros de distancia nunca estuvo tan cerca. Pero no importa cuán accesible sea el camino a la pseudo-felicidad; uno siempre va rumbo a lo que quiere evitar. Y así, lentamente, te abandonás. Llenás hojas y hojas de predecible prosa, sucumbiendo a la adorable desesperación de que todo quedará allí, sobre los renglones celestes de un viejo cuaderno de Historia. Un despilfarro de sesos por aquí, un puñado de nervios por allá y, quizás, un pedacito de medula oblongata para el gran final. Te prendés un cigarrillo y matás alvéolos, mientras tu hígado lentamente padece por tu forma de tomar. Tal vez un día tu cuerpo desaparezca con la misma facilidad. No tendrás ni piernas, ni abdominales, ni lengua, ni nariz pero tus pensamiento seguirán y, esta vez, no tendrás mano para escapar ni lápiz para culpar, ni papel para adornar. Sí, yo te preguntaría si sos feliz. Si tu burbuja logra ser la estrella donde tanto querías estar y si vale la pena estar ahí, despierta, mirando al pasto cambiar de color a medida que las nubes amenazan con pasar.
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sábado 22 de diciembre de 2007
Nos pasamos mil noches jugando con acordes de guitarras, inventando canciones infantiles y formas de llevarnos bien. En ese entonces, siempre sabía lo que iba a hacer los fines de semana; la casa de Martín estaba siempre abierta a nuestro muy unido grupito bipolar, ya sea para shots de tequila o perdernos en sillones remolones. Salíamos si nos inquietábamos; nos quedábamos ahí si el sueño ganaba. Supongo que era la única forma en que Gabriel y yo fluíamos con los demás, siguiéndolos pero siempre dentro de nuestra propia burbuja de diversión. No hay otra forma que describa el vacío que creábamos, grande como para que los dos entráramos en él, rodeados de enormes paredes enjabonadas con cosquillas. Éstas eran lo suficientemente transparentes para que los demás nos vieran y creyeran que estábamos allí con ellos – la verdad es que nos centrábamos en nuestras propias risas toda la noche. Estábamos ahí una vez más, tocando la guitarra y gritando letras borrosas al aire, ignorando que el resto había preferido trasladarse a una cocina llena de comida antes de seguir bajo el frío cielo nocturno. Prendí un cigarrillo y me reí de nada. Antes, con él, hasta las no entidades estaban rociadas de hilaridad. "Bueno… ¿cuándo te diste cuenta que existía?". Gabriel se había aventurado hacia la tierra de la sinceridad, nadando a través de risas y contestaciones semi-ingeniosas. Hubo una época en que podía jugar bien al pool. Él estaba en la mesa de al lado la noche en que nos conocimos, con un sombrero de cowboy. ¡Un sombrero de cowboy! Fue un encaprichamiento con lo inusual a primera vista. Tres cervezas y decenas de calladas sonrisas satisfechas más tarde, tenía puesto el sombrero mientras él me enseñaba a jugar mejor. Me dijo que esa noche sólo se había divertido. Jugó con la botella de cerveza en sus manos y comenzó a despegar la etiqueta, levantando la mirada para sonreírme. "¿Te acordás del cumpleaños de Martín?".Claro que me acordaba. Dos semanas después de nuestro encuentro alrededor de la mesa de pool, yo iba al cumpleaños de un total desconocido, lleno de caras alcoholizadas que no conocía y whisky barato. Gabriel nos abrió la puerta y nos dejó pasar. En mis manos habían dos globos verdes y una Cajita Feliz de McDonalds que encerraba varios juguetes triviales robados de alguna caja de mudanza tirada en mi casa. Uno de ellos era una pequeña figura de plástico parecida a un perro, una replica miniaturizada del de Martín, excepto por los pedacitos de pintura que le faltaban. "Ah, sí. Le encantó el ovejero alemán," reí. Y le había gustado. Aún decoraba su cuarto en el segundo piso. "Eso fue para mí". "Deben haber pensado que era una idiota," murmuré casi en serio. Pero igual caminó hacia mí y me abrazó, besándome la frente. Suavemente empujó mi pelo hacia atrás, dejando que cayera por mi espalda. Su sonrisa creció: "si hay solamente dos formas de ser feliz, entonces vas por buen camino". "¿Haciéndome la idiota?"."Es mejor que serlo," rió. Pagó mi boleto del ómnibus esa noche. Nos tomamos el 104 hasta Arocena y caminamos la distancia que quedaba hasta mi casa, parando de vez en cuando para abrazarnos o simplemente estar. Evitábamos besarnos, como si ya supiéramos que nos dirigíamos por un camino que llevaba a corbatas feas y ataques de pánico en cantinas. Una vez que llegamos a mi casa, se sentó en el cordón de la vereda y lo seguí. Puso su brazo alrededor de mi cintura y, en silencio, apoyó su cabeza contra la mía. "Tus ojos tienen como chispitas," fue todo lo que dije. "Creo que sólo me querés por lo que es raro en mí," fue todo lo que respondió. Y nos volvimos a ahogar en el silencio, sintiéndonos bien a pesar de la evidente verdad.
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jueves 13 de diciembre de 2007
Cinco y cincuenta y dos a.m. Lo supo porque se dio vuelta y tomó el celular sobre la mesita, al lado de la cama. Apretó cualquier tecla y cerró los ojos, evitando el estallido de luz invasora. Eran las cinco y cincuenta y dos a.m. de un miércoles de diciembre y ella se había despertado pesando en que necesitaba yogur del supermercado, de ese con un colchón de frutas al fondo y la mitad de calorías en la letra chica de atrás. Era el quinto día de los cincuenta y dos. El primero fue una grata sorpresa con falta de sueño profundo, el cual la había encontrado preocupada por aquello que no podía controlar. Era un cinco, también. De manera casi inocente, se había puesto el acolchado sobre la cabeza y había cerrado los ojos, en un dulce y fútil intento de volver a las pesadillas que solamente existían en su mente. Dulce y fútil, le duró media hora. Ese miércoles, sucumbiendo a lo que ya sabía que iba a pasar, se levantó. Fue al baño. Tiró la cadena. Se dirigió a la cocina y abrió la heladera. No había por qué ignorar lo que sabía por experiencia en partida quíntuple y mantener esa fachada convencida de que no iba a comer nada. Es más, ¿por qué ignorar de que no importa lo temprano que fuera, su cabeza iba a enfilar directamente a ese resto de papa al plomo del domingo? El yogur puede esperar. En el mejor de los casos, tal vez le cayera mal. Ojalá le cayera mal. El segundo día le concedió una hora más de sueño. Los números sobre el fondo animado rojo indicaban que eran las seis y cincuenta y dos. Sin embargo, aún se sorprendió ante la tenacidad y coincidencia del cincuenta y dos. No importaba su clásico noctambulismo. Eran las seis y cincuenta y dos y el destino la había despertado. Quién sabe para qué. Posiblemente para tener frío a media tarde y acostarse, prometiéndose que sólo serían diez minutos. Uno sabe que no quiere estar despierto el día en que se cree sus propias mentiras. Nunca supo cual era su día de la semana preferido. Parecía algo tan trivial, tan dependiente de lo obvio y banal. Sin embargo, ¿cómo elige uno su día favorito? ¿En base a qué? Todos los días eran diferentes. No, todos los días eran iguales. A las dos horas del cincuenta y dos de ese miércoles, le comenzó a doler el estómago. Los cincuenta y dos le daban tiempo para mirar sin rumbo a aquellas esquinas superiores de los dormitorios de su cautiverio. Recorría los frisos tenuemente iluminados por una pantalla negra. Sabía que si apagaba la computadora, si apagaba la música, dormiría mejor. Pero no lo hacía. Quería despertar con música, porque así despertaría feliz. Una más de las pequeñas falacias que construían su seudo-filosofía cotidiana. El domingo había sido otro seis. Le había venido bien; fue la primera en leer los clasificados. Mandó tres currículums – agregado de aspiraciones salariales mediante – a tres lugares diferentes. Se imaginó cómo cambiaría su vida bajo el régimen de un nuevo pasatiempo, un nuevo juego donde la gente actuaba a que le importaba lo que hacía. La gente feliz no sólo se despierta con música, sino que ama su trabajo. Ante la falta de un trabajo así, la gente entonces aprendía a amarlo. Nuevas mentiras propias para ser creídas. Y ella no era tan única. Le había gustado ser irracional, había sido una linda existencia. Ese domingo, mientras miraba el respaldo de un silloncito de mimbre que adornaba su escritorio, lo pensó detenidamente. Al fin de cuentas, ser deliberadamente irracional era un hermoso despropósito. Siempre odió los despertares. Por suerte, la falta de trabajo le permitía dormir cuando quisiera. Si el estar despierto se tornaba levemente insoportable, amargamente quieto o repentinamente frío, se acostaba. Diez minutos y nada más. Diez minutos que se convertían en quince, en veinte, en siestas de cuatro horas y media. Más de lo que dormía desde los cincuenta y dos. Menos de lo que dormía cuando trabajaba. Por allá se escapaba, hacia sueños que luego no recordaba. Porque no era cuestión de soñar, eso lo podía hacer despierta. Era cuestión de escapar. No era otra mentira, era su gran verdad. No le encontraba nada de malo al escapar. Una vez, entre las cuatro y cinco de la mañana de un mayo que la encontró enamorada, escribió un poema. Su métrica era irracional. No rimaba. No tenía versos compactos. Era un despropósito de poema, un intento pretencioso de unir tortelines y anécdotas en su disgusto por la prosa. Una excusa para escribir ‘perderme en galaxias, galaxias en ciegos hemisferios’. Una justificación mediocre de sus interminables vías de escape. El lunes fue un cinco. El martes la dejó dormir hasta las tres de la tarde. Pensó que se habían terminado los cincuenta y dos y, en un intento naïf por comprender, pensó que eso pondría fin a su poder de sobre-análisis. El miércoles fue un cinco y cincuenta y dos a.m. A las siete y cincuenta y dos, decidió ponerle un fin a la falta de control. Se acostó. Cerró los ojos. Respiró lentamente, emulando los suspiros del profundo dormir. Se convenció de su propia comodidad, de la falta de importancia en yogures, calorías, ejercicio y sol. Pensó en paredes que se rompían, en ventanas que se abrían, aviones que despegaban hacia aquellos ciegos hemisferios que tanto le gustaban. Así lo revivió, en los confines de la estática de su mente. El despertar sin saber donde se está, intentando descifrar lo ocurrido entre ojos entreabiertos y susurros remolones. El sentir el peso de un brazo alrededor de su cintura, el movimiento suave de una nariz contra su cuello. El despertar con una sonrisa lagañosa a milímetros de distancia. Los cimientos de una pequeña obsesión inconsciente, la verdadera razón detrás de una búsqueda sin resultados. El olor a música. Se tuvo que levantar. Se tuvo que hacer un café. Tuvo que admitirse la verdad entre sorbos molestos, tuvo que reconocer su irracionalidad, perdida en aquel momento lejano, aquel nano-momento antes del inexplicable pánico que la llevó a escapar.
Divagado por Chloë a las 2:44, |
martes 4 de septiembre de 2007
Mientras volvía por la Rambla, pensaba en números pares y en números impares. De chica, siempre tuvo más simpatía por los números pares. El que más le gustaba – por lejos – era el dos. Que hayan dos de algo siempre tenía sentido. Uno sólo era poco, tres demasiado. El dos siempre fue redondo. No tuvo que comprar su almuerzo. Antes de siquiera salir de su casa, alguien le aviso que le llevaba comida; y a la hora de recibirla, se sintió como una nena en la escuela, contenta porque un compañerito le había dado la porción con más queso del roñoso sándwich que momentos antes había partido en dos. Lamentablemente, sus años de primaria nunca tuvieron protagonistas que sacrificaran su almuerzo. Tampoco existieron personajes principales que llevaran el doble de arroz para poder compartirlo con ella. El comedor se convirtió en una minúscula cocina fría, el uniforme en lo que intentaba hacer pasar como lo primero que había encontrado para ponerse ese día y el protagonista en alguien que prestaba demasiada atención a sus raras costumbres alimenticias... el anécdota tardó más de diez años en llegar, pero llegó. Una sorpresa que roba una sonrisa es un momento. Otra sorpresa más, diferente a la anterior, es un buen día. A la tercera sorpresa, la paranoia entra a buscar pesimismos sobre pérdidas y mala suerte. Pero algo debía decirse de los números impares; ninguno necesitaba de otro para ser considerado como tal. Es decir, los números pares siempre necesitaron ser divisibles entre dos. Sus opuestos, los impares, no necesitan de otro número para ser como tales. Serán la resaca de la escala numérica, pero ningún dos le va a decir a un número impar qué tiene que hacer o cómo debe ser. Al menos que se quiera que salten. Intentó ilustrar en su mente el salto de un número impar, largo y lento como aquellos segundos antes de caer. Pensó que sería como estrellarse contra una plancha de asfalto quemado, sabiendo qué es lo que finalmente frenará a uno, pero sin voluntad de parar. Lo miró y vio que estaba sólo. Vio que aún continuaba esa incertidumbre, esa inevitable confusión ante la soledad y pudo contemplar otro salto más, un salto largo y lento y por inercia, sin la adrenalina de saber que lo peor va a pasar. Se imaginó una cadena de números, todos armados según su tipo, tal como cuando se lo enseñaron. Se imaginó una rayita desierta rodeada de dos rayitas juntitas. Raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita, raya, rayita-rayita... Las rayas solas y las rayitas comunicadas. No tiene nada de malo ser raya, pensó al doblar. Entonces, ¿por qué me gustan los números pares?Mientras el otro seguía creciendo, trabajando hacia su estatus de rayita convertida en raya, ella encontraba que no siempre las mismas personas ofrecían las mismas quejas. No siempre las mismas quejas ofrecían las mismas situaciones. Y no siempre las mismas situaciones ofrecían el vislumbro de una solución. Él había dicho: voy a poner un aviso en el diario. Él había dicho: hombre, 24, se siente sólo y busca alguien que lo cuide.Ella luego dijo: awww.El comentario dejó que la ternura borrara cualquier vaga identificación con la soledad que se podría haber trazado con el simple pesar de aquellos números impares. Y pensó que tal vez los números impares no están tan separados, tan ensimismados en ellos mismos. Quizás los números impares se encontraban más a menudo, pero se ignoraban en cuanto un glamoroso número par pasaba por la puerta. Y es que el número par solamente recordaba al impar de que éste, sin importar cuántos números iguales a él tuviera a su alrededor, no era divisible por dos.
Divagado por Chloë a las 22:45, |
jueves 30 de agosto de 2007
Lo veía hablar y hablar, moviendo las manos con sus expresiones, el ceño fruncido sobre ojos que se concentraban en la vereda. De vez en cuando alzaba sus cejas, expandía la mirada y suspiraba en medio de la frustración. Ella miraba su oreja; se perdía en las curvas suaves y estáticas, en el pequeño lunar posado en el lóbulo derecho, en la piel rosada y brillante que conducía al tímpano. Un tímpano claramente sordo a la tortura de escuchar redundancias propias. Pero él seguía, ensimismado en su situación, perdido en las coincidencias de la vida que lo acercaban a ella, a la otra, a la interesante, a la de allá, a la que logró escaparse. Coincidencias que ella, la que estaba ahí, la de acá, la común, había visto ser sutilmente planeadas por semanas, y que ahora eran libradas al destino, como si éste siempre tuviera la culpa. - ¿Te das cuenta?- Sí. Yo qué sé. Y él seguía. Se preguntó si alguna vez pararía de hablar, de expresar pensamientos impulsivos que daban vueltas y vueltas, como las curvas en un oreja. Veía a sus labios moverse como si buscaran aire, bocanadas que exigían explicaciones, como un pescado impertinente sobre el muelle, molesto por haber sido cinchado de las aguas cómodas. Cómo uso comas cuando pienso, pensó. Por fin llegó un silencio. Ella miró sus manos, sobre su falda. Se miró las uñas, frunció el ceño y alzó la vista, hacia los ojos del otro, buscando algún contacto que demostrara su importancia en la conversación. Si me paro y me voy... ¿se dará cuenta? Mordió su labio inferior y cruzó las piernas, acomodándose sobre la silla. - Quiero tener una aventura. Pensó que el silencio prolongado le pertenecía. Él la miró, movió sus pupilas hacia el extremo superior de sus ojos y, fijando la vista en algún infinito aéreo, siguió y siguió en lo que pronto se convirtió en una nueva fiesta de movimientos, bocanadas y estupor.
Divagado por Chloë a las 19:00, |
miércoles 8 de agosto de 2007
"... sienten una marcada atracción por las manifestaciones artísticas, musicales, literarias y culturales. Poseen un sentido natural de la escena y, con frecuencia, hacen una representación de su vida, como si se tratase de una novela. A veces, se sienten impulsados por la imaginación hacia un mundo de fantásticas aventuras que incluye héroes, titanes, piratas y semidioses...".
No pudo hacer más que largar una carcajada.
Divagado por Chloë a las 21:48, |