Entrevista
sábado, 9 de febrero de 2008
Te preguntaría si sos feliz, así, inmersa en un charco de momentos de insomnio. Escribís lo que sentís, en un dulce intento de despojarte de aquella sopa de letras mental. No estoy segura de que tu intento sea iluso. Admiro tu paciencia, tu obsesión con darle corporeidad a tus sinapsis; te imaginás letras, palabras, oraciones y ocasiones. Te los imaginás borrachos en un borroso espiral que bordea tu cerebro, frenéticamente intentando evadir a la estática circunstancial que los devolvería al nefasto mundo de lo inexplicable y confuso.
Sé que muchas veces no sabés por qué llorás. Tu racionalidad te hace ciega a la frustración de no poder deslindarte de lo que sentís, de las sensaciones y los reflejos mentales que tanto te gustan. Te hacen sentir viva, humana, normal. Te involucran contigo misma pero te hacen padecer de la llamada vulnerabilidad. Así, una a una, caen las lágrimas del no poder hasta que finalmente se entrecruzan sobre los labios, creando un caudal de vergüenza silenciosa y escondiendo tu frialdad. Es agua para adornar aquellos párrafos, agua que tiñe a la tinta azul en nubes permeables: circulitos de evidencia, gotas de decadencia. Y, encima, te das el lujo de rimar.
¿Quién te mandó a escribir? ¿Quién tuvo la maravillosa idea de tenerte aquí, sentada sobre una mesa, mirando al gris jardín que te invitaba por la ventana? Quizás el decepcionante verano te está entregando ese sentimiento de abandono al cual tanto temés. Te regalás divagues entre llovizna y llovizna, creando escenarios a hora y media de distancia sumergidos en los vasos encandilantes de la normalidad. Aquella meta a kilómetros de distancia nunca estuvo tan cerca. Pero no importa cuán accesible sea el camino a la pseudo-felicidad; uno siempre va rumbo a lo que quiere evitar. Y así, lentamente, te abandonás.
Llenás hojas y hojas de predecible prosa, sucumbiendo a la adorable desesperación de que todo quedará allí, sobre los renglones celestes de un viejo cuaderno de Historia. Un despilfarro de sesos por aquí, un puñado de nervios por allá y, quizás, un pedacito de medula oblongata para el gran final. Te prendés un cigarrillo y matás alvéolos, mientras tu hígado lentamente padece por tu forma de tomar. Tal vez un día tu cuerpo desaparezca con la misma facilidad. No tendrás ni piernas, ni abdominales, ni lengua, ni nariz pero tus pensamiento seguirán y, esta vez, no tendrás mano para escapar ni lápiz para culpar, ni papel para adornar.
Sí, yo te preguntaría si sos feliz. Si tu burbuja logra ser la estrella donde tanto querías estar y si vale la pena estar ahí, despierta, mirando al pasto cambiar de color a medida que las nubes amenazan con pasar.
Sé que muchas veces no sabés por qué llorás. Tu racionalidad te hace ciega a la frustración de no poder deslindarte de lo que sentís, de las sensaciones y los reflejos mentales que tanto te gustan. Te hacen sentir viva, humana, normal. Te involucran contigo misma pero te hacen padecer de la llamada vulnerabilidad. Así, una a una, caen las lágrimas del no poder hasta que finalmente se entrecruzan sobre los labios, creando un caudal de vergüenza silenciosa y escondiendo tu frialdad. Es agua para adornar aquellos párrafos, agua que tiñe a la tinta azul en nubes permeables: circulitos de evidencia, gotas de decadencia. Y, encima, te das el lujo de rimar.
¿Quién te mandó a escribir? ¿Quién tuvo la maravillosa idea de tenerte aquí, sentada sobre una mesa, mirando al gris jardín que te invitaba por la ventana? Quizás el decepcionante verano te está entregando ese sentimiento de abandono al cual tanto temés. Te regalás divagues entre llovizna y llovizna, creando escenarios a hora y media de distancia sumergidos en los vasos encandilantes de la normalidad. Aquella meta a kilómetros de distancia nunca estuvo tan cerca. Pero no importa cuán accesible sea el camino a la pseudo-felicidad; uno siempre va rumbo a lo que quiere evitar. Y así, lentamente, te abandonás.
Llenás hojas y hojas de predecible prosa, sucumbiendo a la adorable desesperación de que todo quedará allí, sobre los renglones celestes de un viejo cuaderno de Historia. Un despilfarro de sesos por aquí, un puñado de nervios por allá y, quizás, un pedacito de medula oblongata para el gran final. Te prendés un cigarrillo y matás alvéolos, mientras tu hígado lentamente padece por tu forma de tomar. Tal vez un día tu cuerpo desaparezca con la misma facilidad. No tendrás ni piernas, ni abdominales, ni lengua, ni nariz pero tus pensamiento seguirán y, esta vez, no tendrás mano para escapar ni lápiz para culpar, ni papel para adornar.
Sí, yo te preguntaría si sos feliz. Si tu burbuja logra ser la estrella donde tanto querías estar y si vale la pena estar ahí, despierta, mirando al pasto cambiar de color a medida que las nubes amenazan con pasar.
2 Comentarios:
llego aqui de rebote, me topo con un texto melancolico y pienso que es genial la forma en que logras hacer que los paisajes y situaciones aparezcan casi frente a mis ojos... congrats :)


Ahora hablando en serio, me sorprendió el uso del lenguaje, la forma como describis y las metáforas que usas... y como no soy profesor de literatura, la corto con el analisis literario...
Simplemente magnifico ;)
Frase a destacar: "uno siempre va rumbo a lo que quiere evitar"